viernes, 24 de agosto de 2012

III

Noches asi son tan poco extrañables.
Siempre terminan del mismo modo, yo y el vacío mirando por mis persianas, a la nada, al afuera, que contiene nada, que contiene cero.
Y aún así, en alguna palmera, supongo que estará descansando la razón de ser, esperando a ser encontrada, como si fuera algún tipo de profecía cristalizada.
¿Pero y si estoy equivocado?
¿Qué debemos hacer con todos esos niños que nacen en mi mente? O más importante, ¿qué he de hacer con el niño que alguna vez fui?
Este cuerpo me queda cada día más chico, siento como pica mi antebrazo en búsqueda de libertad espacial.
Y me muerdo los labios y me pregunto, "¿de qué sirve la vida si lo bueno puede simplemente desvanecerse?"
Hay momentos en los que siento que si tan sólo me pincharan con un alfiler, se deslizara uno de mis zapatos, prendiera una luz, presionara una tecla, parpadeara, podría terminar todo.
Hay momentos en los que me siento entrañablemente solo.
Hay momentos en los que no hay compañía, ni siquiera la falta de ella.
Hay momentos en los que me siento la personificación de la palabra "diferente" y/o "ajenado" al cubo,
y sólo llego a la conclusión de que...
Noches así son tan poco extrañables.

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