Cuando estaba en tu cama, me vi en tercera persona.
Y a través de las sábanas que realmente no estaban ahí, pude tener un breve gusto de lo que fué esta infancia interrumpida, que hoy me maldice y me marca, y deja en mi piel una ingenuidad latente, y una fragilidad que no es mía para dominar.
Pero cuando estaba en tus brazos, tuve todos los sentimientos que no esperaba tener.
Pasaron las más extrañas reacciones en cada aspecto de mi ser.
Y realmente tuve miedo, porque cuando creí estar sellado, cuando creí estar terminado, laminado, impermeable ante todo tipo de providencia sentimental, como una fortaleza, como el acero mismo, ahí estabas vos.
Recordándome a mi padre, recordándome a mi.
Y sorprendiéndome con lo desconocido, con lo atractivo.
Y juro que haría cualquier tontería sólo para hacerte reír, porque tu sonrisa me generaba plenitud.
No entiendo cuál es el propósito de esta vida que disfruta de obstaculizarme a la hora de zurcar caminos hacia la felicidad en mi, pero supongo que todo tiene un significado y una razón de ser.
Y en vez de hacerme problemas y dramas, por primera vez, egreso y construyo un asilo en vos, y las cintas de nuestros recuerdos juntos, para poder saborear cada uno de los segundos sucedidos entre nuestros cuerpos que rebozan de juventud, y al mismo tiempo de sabiduría.
Tengo esta necesidad de sentirme la posesión más etérea y frágil del universo en los brazos de alguien que podría hacer de mi añicos, pero que cuyas manos son la fuente del calor que necesito.
Necesito sentir ese peligro, esa posibilidad alta de cercanía al malestar.
Necesito sentir esa adrenalina de la perdición, y luego danzo con las maldiciones que perduran por siempre a posteriori en su ausencia.
Necesito sentirme constantemente en el borde de algo, necesito sentirme al costado de la vida.
Individual y ajeno a todo ser.
Pero no puedo estar sólo.
Y a través de las sábanas que realmente no estaban ahí, pude tener un breve gusto de lo que fué esta infancia interrumpida, que hoy me maldice y me marca, y deja en mi piel una ingenuidad latente, y una fragilidad que no es mía para dominar.
Pero cuando estaba en tus brazos, tuve todos los sentimientos que no esperaba tener.
Pasaron las más extrañas reacciones en cada aspecto de mi ser.
Y realmente tuve miedo, porque cuando creí estar sellado, cuando creí estar terminado, laminado, impermeable ante todo tipo de providencia sentimental, como una fortaleza, como el acero mismo, ahí estabas vos.
Recordándome a mi padre, recordándome a mi.
Y sorprendiéndome con lo desconocido, con lo atractivo.
Y juro que haría cualquier tontería sólo para hacerte reír, porque tu sonrisa me generaba plenitud.
No entiendo cuál es el propósito de esta vida que disfruta de obstaculizarme a la hora de zurcar caminos hacia la felicidad en mi, pero supongo que todo tiene un significado y una razón de ser.
Y en vez de hacerme problemas y dramas, por primera vez, egreso y construyo un asilo en vos, y las cintas de nuestros recuerdos juntos, para poder saborear cada uno de los segundos sucedidos entre nuestros cuerpos que rebozan de juventud, y al mismo tiempo de sabiduría.
Tengo esta necesidad de sentirme la posesión más etérea y frágil del universo en los brazos de alguien que podría hacer de mi añicos, pero que cuyas manos son la fuente del calor que necesito.
Necesito sentir ese peligro, esa posibilidad alta de cercanía al malestar.
Necesito sentir esa adrenalina de la perdición, y luego danzo con las maldiciones que perduran por siempre a posteriori en su ausencia.
Necesito sentirme constantemente en el borde de algo, necesito sentirme al costado de la vida.
Individual y ajeno a todo ser.
Pero no puedo estar sólo.