martes, 9 de julio de 2013

XXII

Los días son pesados sólo una vez que pasaron, y los dejo atrás.
Igual miento de una manera descarada, el único que dejan atrás es a mi.
Siento un peso sobre mi cuerpo, una prisión en mi pecho, que sólo se asemeja a la sociofobia y a la paranoia de grados altísimos.
No entiendo en qué lugar del mundo, de mi mundo, estoy situado.
No entiendo realmente, bien, correctamente, qué es lo que quiero.
Siento que hay un pasado y un presente que me desgarro por segmentar y separar.
Pero nadie más lo ve.
La importancia queda en los sollozos más breves del día, perdidos en las pequeñas ondas del café, si es que hay uno, en las pequeñas migas de las tostadas, si es que ya no fueron barridas cuando yo quedé congelado pensando, y sobre-pensando, en todo esto.
Siento que carezco de motivación, siento que carezco de estímulos, o quizá, tan simplemente quizá, iniciativa.
Ya no siento ese fluír natural que tanto me sorprendía y hacía de mis días momentos únicos.
Siento tan sólo una cuenta regresiva.
¿A qué?
A nada.
Nada me sorprende.
Nada me provee de disfrute.
(Al menos no del suficiente).
Y mientras me vacío de a poco, mientras la creatividad se agota, mientras que ya no encuentro lágrimas que llenen mi ambiente emocional, me siento seco.
Siento que necesito un gran, gran, gran cambio.
Siento que necesito alejarme de todo.
Siento que necesito quedarme mudo.
Siento que no quiero volver atrás, si no zambullirme al futuro en la dirección correcta.
Pero no sé cuál es, no sé cuál es.
Y otra vez me quedo pensando.
Necesito exiliarme y actuar.
Necesito dejar todas estas malas costumbres heredadas de mi progenitora sin pedirle permiso.
Ojalá la encierren, y ojalá me encuentre.
Mirá, respirá.
Todo va a estar bien cuando quieras que esté bien.
¿Auto-ayuda?
No nos mintamos.