Mi identidad, mi tesoro más preciado, el corazón que nunca
espero que quiebre, mi accesorio y mi indispensable, las olas de un mar que me
entrega el mar en brazos abiertos, se haya en un vortex.
Hay un espiral dentro mío que pide un menage, un potpourri,
una suma ecléctica de artilugios, propiedades, fenómenos, eventualidades,
momentos, tiempos, habilidades, miedos, logros, satisfacciones, deseos, pero,
de una manera aterrorizantemente hambrienta, pristina particularidad, no
influenciada, genuina, única e inimitable.
Me irrita. Me molesta, porque le grito, porque le aviso que
no puedo manejar, no puedo modificar las intenciones ajenas, pero quiere que
controle el mundo.
Yo no quiero hacerlo, porque no quiero tener tanta
responsabilidad. No dudo de mi poder, dudo de mi interés.
Yo simplemente quiero nadar en el quieto charco de recepción
sensorial que me permite establecer este mundo, y esta vida.
Pero a veces me pide demasiado, y cuando me veo en la
búsqueda de ese demasiado me es difícil elegir a quién obedecer.
Alimentar mi identidad es un trabajo tan arduo… Quiero que
mi identidad salga a jugar a la nieve, se fosilice, y se congele para siempre,
inmutable e inamovible, fortuitamente paralizada por el resto del tiempo a mi
parecer.
Quiero paz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario