sábado, 22 de septiembre de 2012

XI


Mi identidad, mi tesoro más preciado, el corazón que nunca espero que quiebre, mi accesorio y mi indispensable, las olas de un mar que me entrega el mar en brazos abiertos, se haya en un vortex.
Hay un espiral dentro mío que pide un menage, un potpourri, una suma ecléctica de artilugios, propiedades, fenómenos, eventualidades, momentos, tiempos, habilidades, miedos, logros, satisfacciones, deseos, pero, de una manera aterrorizantemente hambrienta, pristina particularidad, no influenciada, genuina, única e inimitable.
Me irrita. Me molesta, porque le grito, porque le aviso que no puedo manejar, no puedo modificar las intenciones ajenas, pero quiere que controle el mundo.
Yo no quiero hacerlo, porque no quiero tener tanta responsabilidad. No dudo de mi poder, dudo de mi interés.
Yo simplemente quiero nadar en el quieto charco de recepción sensorial que me permite establecer este mundo, y esta vida.
Pero a veces me pide demasiado, y cuando me veo en la búsqueda de ese demasiado me es difícil elegir a quién obedecer.
Alimentar mi identidad es un trabajo tan arduo… Quiero que mi identidad salga a jugar a la nieve, se fosilice, y se congele para siempre, inmutable e inamovible, fortuitamente paralizada por el resto del tiempo a mi parecer.
Quiero paz.

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